viernes, 6 de abril de 2018

The Beatles vs The Rolling Stones


Acabo de escuchar el disco blanco de los Beatles. Disco 1, cara B: “Martha my dear”, “I’m so tired”, “Blackbird”, “Piggies”, Rocky Raccoon”, “Don´t pass me by”, “Why don´t we do it in the road”, “I will” y “Julia”. Pero es que el resto de los discos es la polla. Y eso que los compusieron enfadados. Comparar a los Beatles con los Rolling Stones es como comparar a Messi con… iba a escribir Cristiano Ronaldo, pero yo a los Stones les tengo mucho respeto.

lunes, 5 de marzo de 2018

Ejercicio


Hace veintidós años que mi familia y yo vivimos en un piso provisional. Tanto es así que hemos acabado de pagar la hipoteca. Yo me mudaría. Son demasiados años viviendo provisionalmente. Mi familia -A, mi hija, mi hijo, el perro, la perra, las plantas, los libros y sus lepismas- parece que no opinan lo mismo. Se han apalancado.


Dicho esto, que no viene a cuento de nada, lo que pretendo es dejarme ir. Para mí la escritura de este blog es un ejercicio de improvisación. Mis pensamientos, que no mi ideología, son como mi piso: provisionales. Creo que sé a grandes rasgos lo que quiero contar, pero no sé de qué modo voy a hacerlo. Ahora sé que quiero hablar de la estupidez.

Profesores estúpidos

Los profesores de mi colegio -sí, otra vez el colegio, se ve que tengo un trauma- eran muy partidarios de un peculiar método pedagógico que consistía en rehabilitar a los alumnos conflictivos, vagos, gamberros o, directamente, desequilibrados, sentándolos en el pupitre junto a un alumno dócil, sensato y aplicado. El resultado del experimento era siempre el mismo: el niño listo y bueno se transformaba, pocos días después, en un cabronazo de marca mayor. El malote, sin embargo, mantenía inmaculada su prístina hijaputez. A pesar de que las estadísticas, basadas en datos empíricos e irrefutables, demostraban lo inadecuado del sistema educativo, los profesores, obcecados y estúpidos, no dudaban en aplicarlo una y otra vez. Es un verdadero milagro que entre mis condiscípulos sólo haya un par de asesinos en serie.

Coming soon:

Políticos estúpidos (No es un pleonasmo, aunque podría serlo) 


domingo, 28 de enero de 2018

Tabaco

Empecé a fumar a los doce años. Casi todos mis amigos lo hicieron a esa edad. En mi colegio estaba prohibido fumar hasta los quince años, de manera que lo hacíamos en la clandestinidad. Los urinarios eran un buen lugar para esconderse, pero corrías el riesgo de que el padre Ricardo, que solía brujulear por ahí, te tocase la pilila. Pero el colegio era muy grande y había un montón de rincones recoletos donde echarse un pitillito. Aun así, y a pesar de que extremábamos las precauciones, a veces nos pillaba algún profesor de guardia sigilosa. Entonces, nos cacheaba y nos requisaba el tabaco. El castigo dependía de si el profesor era fumador o no. Si lo era, teníamos que regalarle un cartón de su tabaco favorito. Si no lo era, debíamos comprar un cartón del tabaco que estuviésemos fumando y llevárselo a los ancianos del asilo que estaba junto a la estación del trenet.

Resulta evidente que los profesores se preocupaban por nuestra salud infantil. Hasta los doce años, fumar y hacerte pajas te impedían crecer y te dejaban lelo. A partir de los quince, al parecer, ambas actividades tornábanse inocuas y hasta aconsejables. Al menos el tabaco. ¿De qué otro modo podría entenderse si no? Los profesores se fumaban nuestro tabaco, el regalado y el decomisado. Los más sofisticados fumaban puritos o en pipa. Las aulas, sobre todo en invierno, apestaban como una fábrica de guano, y había tanto humo que nos costaba ver la pizarra. Y qué decir de los abuelitos del asilo, a los que, sin duda, les reportábamos longevidad y una mejor calidad de vida. Sobre todo teniendo en cuenta que, al menos en lo que a mí respecta, nunca les regalaba veinte cajetillas del aromático y emboquillado tabaco rubio que fumaba por aquel entonces, sino, como mucho, diez de hediondo tabaco negro sin filtro. Total, aquello les sabía a gloria bendita comparado con lo que tuvieron que fumar durante la guerra y la posguerra.


En resumen, que hoy en día fumar mata, pero cuando yo era pequeño tan sólo perjudicaba levemente la salud hasta los quince años.

Documento de voluntades anticipadas y post mortem

Es mi deseo que mi vida no se prolongue, por sí misma, cuando la situación sea ya irreversible. Y, una vez hecho el tránsito, que me tiren boca abajo en un charco.

lunes, 22 de enero de 2018

Ceci n’est pas une pipe

Cada día tengo más claro qué es real y qué no lo es. Lo que ocurre es real, pero en cuanto pasa por el filtro de mis sentidos deja de serlo. Por ejemplo, cuando me miro en el espejo veo reflejado a un viejo decrépito, con arrugas como los surcos en el barro de un pantano desecado. Un tipo con la mirada rendida, desencantada, que parece esperar resignado el abrazo de la parca. Y, sin embargo, yo no me siento así. De hecho, yo me siento mucho más viejo.

Esta divergencia entre lo que se percibe y lo que se da en llamar real es siempre muy evidente. Sin embargo, la mayor parte de la gente no acaba de distinguir entre la realidad y la ficción. Están chalados. Todos. No soy ni Magritte ni Foucault, afortunadamente. Ser tan listo debe ser muy cansado. Pero como ellos sé que cuando dibujo una pipa ya no es una pipa, y que cuando nombras a una cosa deja de ser real para ser, simplemente, mi manera de etiquetarla.

Pues bien, hace unos años se me ocurrió escribir sobre mis recuerdos infantiles y adolescentes del colegio en el que estudié. Me imagino que, como dicen en las teleseries, estaban basados en hechos reales, pero tan sólo eran recuerdos. Y va, y como soy tonto, decidí subirlos al blog. Además, cometí un error de principiante: utilizar nombres verdaderos. Uno de ellos el de I U de M, mi profesor de Geografía e Historia, alguien a quien describí así: “Señor U. No era un apodo, es que se llamaba así de apellido. Su nombre completo era I U de M. Un buen tipo. Jugaba al fútbol con más ímpetu que finura. Se ataba las presillas de la cintura del pantalón con una cuerda de palomar para que no se le cayeran cuando corría de un lado al otro de la cancha. Era tan voluntarioso que le jaleábamos: “¡I-U-de M!”. Y entonces nos entraba fuerte y nos hacía daño. Bueno, a mí no, porque yo no jugaba al fútbol. En invierno llegaba a clase con las manos heladas e iba de pupitre en pupitre introduciéndolas en nuestras espaldas por debajo de los suéteres. Lo hacía de broma y sin maldad. Un buen tipo”. Esto lo escribí en 2010 y pierde mucho sin el nombre completo, que es gracioso y tiene rima. Pero no quiero más líos. Me imagino que I U de M es de los que busca su nombre en Google, porque encontró mi texto, lo leyó y no le hizo ni puta gracia. Y eso que él era de los pocos profesores que salía bien parado. Lo peor es que se corrió la voz y al resto de los profesores, con los que, la verdad sea dicha, no tuve demasiada piedad, no les convenció mi vigoroso trazo grueso. A I U de M le tocó hacer de portavoz de los indignados. Fue entonces cuando mis padres, que mantienen el mismo número de teléfono desde que ese italoamericano -cuyo nombre nadie recuerda excepto los mafiosos que crean fundaciones en su memoria y para blanquear dinero- inventó el artefacto, recibieron una llamada del pasado, cuarenta años después…
RING, RING, RING.
-          ¿Digaaaaa?
-          ¿Don A?
-          Sí, soy yo.
-          Soy I U de M. Su hijo ha vuelto a liarla.
Me supo fatal, porque yo guardo un buen recuerdo de dos o tres de mis profesores.
Que la gente confunda la realidad con la ficción es una lata. Más de una vez he tenido que oír a propósito de un texto mío aquello de “pero es que no fue así”. Estoy harto de dar explicaciones. De manera que hoy quiero dejar claro que cualquier situación descrita en mis textos y su eventual parecido con la realidad es pura coincidencia, ¿vale?

sábado, 30 de diciembre de 2017

Azar final

No creo en el destino, más allá de que sé que me he de morir, como todo el mundo. Sin ir más lejos, esta frase que acabo de escribir es fruto del azar. Podría haber escrito otra para iniciar este texto, probablemente mejor. De hecho, se me había ocurrido otra, pero como no la he anotado se ha ido al limbo de las frases pensadas. Creo que la mayor parte de lo que nos ocurre sucede porque sí, sin más.

No soy jugador. Los juegos que menos soporto son aquellos sobre los que no tengo ningún control. Tampoco me gustan las sorpresas. De manera que, una vez más, naufrago en la paradoja. Aborrezco la predestinación y me incomoda el azar. A ver, por decirlo de algún modo, me encanta cierto tipo de azar poético, ligeramente controlado. Me explico con una historia. Anteayer o hace dos días, no lo recuerdo, almorcé con A y con JV. Como tengo mala memoria, he creado una regla nemotécnica para recordar en qué día me ocurre tal o cual cosa, pero la he olvidado. Almorzaba, pues, con A y JV y la conversación derivaba de un modo ameno e instructivo no exento de cierta polémica. A opinaba que la corrección política es una gilipollez, mientras que JV pensaba que es una mierda pinchada de un palo. Yo, sin embargo, apunté que ninguno estaba en lo cierto sino que se trataba de un complot de los cojones, posiblemente pergeñado por los extraterrestres. Puse como ejemplo lo siguiente (y que me perdone mi lector el cambio de registro): cada vez que muere una mujer a manos de un hijo de puta, alguien acaba soltando la siguiente mentecatez: “El 50% de la población está matando al 50% restante”. Esto, sobre ser una idiotez mal expresada, resulta muy ofensivo. Aunque no lo creo necesario, no puedo evitar decir que ni el 100% de los hombres matamos a nadie ni el 100% de las mujeres están muertas. Obviedades aparte, lo más increíble del caso es que estos gurús de lo políticamente correcto pasan por alto, o no se enteran, cuando los personajes de sus series favoritas caen en comportamientos machistas. Esta situación que describo la he visto en dos series que se suponen progresistas, “Friends” y“Big Bang Theory”. Una pareja, chico y chica, llegan a un restaurante muy caro que está de moda en ese momento. Tiene que ser para ambos una noche especial. Cuando llegan, aun a pesar de que han reservado una mesa, tienen que hacer cola. Un tipo que está en un estrado, a la entrada del restaurante, es el que decide quién se sienta a cenar y quién debe esperar. Por cierto, qué extraño personaje el del tipo del estrado, un gilipollas arrogante y atildadillo, seguramente homosexual, que juega a ser Dios cuando tan sólo es un mierdecilla. Pues bien, nuestros protagonistas esperan su turno. Pero las chicas, en ambos casos, ven que otras parejas se cuelan por delante del atildadillo. Entonces estas chicas, que se supone que han elegido a sus novios por su inteligencia y sentido del humor y no por su bravura, les exigen que se comporten como deben, es decir, como machos verdaderos. Pero los dos fracasan. No sirven ni el soborno ni la chulería impostada. Entonces las chicas, algo mosqueadas y haciendo notar a los chicos su disgusto, deciden tomar cartas en el asunto utilizando lo que se da en llamar sus armas de mujer. El problema es que al petimetre no le van las ostras. Y siguen esperando. En resumen, los hombres han de ser fuertes y competitivos, las mujeres, coquetas y seductoras, y los maricones son todas unas rabiosas. Y que conste que no tengo nada en contra de los estereotipos, pero sí de las diferentes varas de medir.

A y JV me dijeron que estas cosas sólo pasan en las grandes ciudades, como NY o LA, pero no en VLC, donde vivimos como adanes y evas en el paraíso terrenal. Esto nos llevó a hablar de algunos pueblos de la comunitat. De ahí, a los topónimos y de cómo Franco sólo se atrevió a castellanizar los nombres que tenían fácil traducción como Elche, Calpe o Játiva, pero no tuvo huevos para hacerlo con Rafelbunyol (Rafaelbuñuelo), Massanassa (Demasiadanapia), Massarojos (Demasiadospelirrojos), Massalavés (Muchosalaveses), Massamagrell (Demasiadacarnedecerdo) o Alginet (Alguienlimpio).
Y entonces A comentó algo que sirve como colofón y moraleja de esta historia. A nos contó que estuvo a punto de vivir en Roca-Cúper, una pequeña pedanía de la huerta de Valencia, porque le gustaba el nombre. Así la conversación, fruto del azar controlado, nació de nuestra opinión sobre lo políticamente correcto, fluyó hacia las grandes ciudades y lo bien que se vive en la nuestra, sobre todo cuando acabas de empujarte un bocata de embutido y una cerveza, de ahí, a lo exótico de nuestros pueblos y, por último, al que alguien pueda cambiar su destino porque le gusta el nombre de un lugar que no conoce. Poesía.


Desde ese espermatozoide valeroso que entre tantos y contracorriente fecundó el óvulo que nos hizo, todos nadamos en el río del azar. Por lo tanto, como dijo el poeta, be water my friend.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Piazza Navona

Hace ya un tiempo trabajé en una oficina de abogados. Era un trabajo gris y yo también adquirí esa tonalidad. Trabajaba detrás de una mesa, en un laburo de pana, caspa, nicotina y coderas. En la mesa de enfrente El Chico de los Recados (alias Nevus¹), un señor de unos setenta años, borracho y ladrón que hipaba y sorbía los mocos, encendió un Ducaditos. La combustión del Ducaditos, una mixtura de sarmientos y guano, desprendió un hedor insuperable. El beodo, cuya única inquietud más allá de la cerveza era el coñac, los ojillos vidriosos, observaba embelesado la nada como si fuera el reflejo de sus devenires neuronales. Una gotita de moco colgaba sin caer de la punta de su nariz. Mas de pronto, ¡oh!, atrapó una idea y filosofó:

-         Estos sudacas de mierda... es que cada vez son más ¡hicks! Un día destos nos ovligan sus costunvres y proiben las fallas, ¡hicks! ¡Me cagüen mi calabera!

El contable (alias Pet), un tipo aerofágico, halitósico y melón, asintió:

-         Sí.

La secretaria (alias Fea Fea) culona, adefesio, holgazana, maledicente y fea muy fea, que cotilleaba por el pasillo, se detuvo bajo el umbral de la puerta, encendió un 1X2 y abundó:

-         Y los putos moros ¿qué? Que son todos terroristas, drogadictos y maricones. ¡Esos sí que dan miedo!

Y allí estaba yo, en buena compañía, cuando apareció el viejo italiano. Era un tipo alto, corpulento, cercano a los ochenta años. Iba sucio. Como sea que el pelo le raleaba, el viejo se lo había dejado largo por detrás para no sentirse demasiado desdichado, de manera que lucía calva de la frente al occipucio y, a partir de ese punto, una guedeja grasienta de un color indefinido entre el blanco roto y el verde veronés dibujaba el contorno de su chepa. Al parecer, el viejo había enviudado y la finada le había dejado un fortunón. Venía a pagar la minuta de no sé qué consulta sobre la herencia. Me miró de arriba abajo y yo le indiqué con la cabeza que tenía que dirigirse al contable. Pagó y se fue, dándonos las buenas tardes con acento italiano.

El viejo regresó al día siguiente y se dirigió hacia mí. Apoyó sus manazas en la mesa y se inclinó ligeramente. Llevaba las uñas muy largas. Me miró a los ojos y me dijo:

-          Me gustas. Si quieres puedes venirte a vivir conmigo. Me voy a Roma. Tengo un piso que te gustará, en la Piazza Navona. Todavía estaré unos días en Valencia. Piénsatelo y me dices algo.

Señaló al contable.

-          Ese señor tiene mi número. Buenos días.

Al Chico de los Recados se le desprendió la quijada hasta el esternón. El contable festejó el suceso cagándose tres cuescos entre grandes risotadas. La Fea Fea no estaba.

Le dije que no.

A veces pienso en el viejo. Supongo que a estas alturas estará muerto. A menudo me arrepiento de haber rechazado su oferta. Total, acariciarle el miembro al viejo hubiera sido como jugar al billar con una cuerda². Y ahora tendría un pisito en la Piazza Navona.

1 El Nevus tenía una peca en la frente del tamaño de su frente.
2 La expresión no es mía. La escuché en una serie y me hizo mucha gracia.



The Beatles vs The Rolling Stones

Acabo de escuchar el disco blanco de los Beatles. Disco 1, cara B: “Martha my dear”, “I’m so tired”, “Blackbird”, “Piggies”, Rocky Raccoon...